martes, 29 de mayo de 2012

Liesegang

Estos anillos de Liesegang son una forma gráfica muy característica de la caldera de Rodalquilar. Su orígen explica gran parte de las singularidades de la dinámica física de esta caldera: vulcanismo explosivo e hidrotermalismo se alían para producir estos dibujos. El vulcanismo de Cabo de Gata es de magma muy viscoso, lo que produce domos volcánicos que pueden llegar a explotar por la presión de gases confinados. El resultado de esa explosión es la caldera. Los materiales violentamente expulsados por la explosión forman nubes piroclásticas. Parte de los componentes de esta nube se enfrían y se precipitan hacia el suelo, formando depósitos que se solidifican constituyendo ignimbritas. Las ignimbritas son el lienzo sobre el que se van a dibujar los anillos. El pincel es el agua subterránea que, calentada por la cercanía del magma, asciende a la superficie, a través de grietas y materiales porosos. Las coloraciones de los anillos las aportan los distintos minerales metálicos con los que entra en contacto el agua ascendente. Las ignimbritas en subfusión actúan como un gel donde quedan registrados en forma de anillo los sucesivos impulsos hidrotermales. Su nombre se debe a Raphael Liesegang, químico alemán, que produjo estas formas en laboratorio, mientras investigaba sobre el comportamiento de distintos geles para procesos fotográficos.

viernes, 18 de febrero de 2011

Almería y el paisaje

Almería es un territorio singular, resultado de un marco físico contrastado (un sotavento mediterráneo árido y montañoso) y de una correlativa experiencia cultural que se expresa en el poblamiento y en las estrategias productivas. Nuestra singularidad se manifiesta en el paisaje. Pero la noción de “paisaje” ha evolucionado notablemente desde su instauración en la Europa del s. XIV, cuando Petrarca narra su iniciática ascensión al Mont Ventoux . El paisaje actual tiene un fuerte componente emotivo, emocional, en el que se reside su potencial para conciliar sensibilidades y voluntades, y para contribuir a la articulación y cohesión social. La lectura del paisaje contiene una cualidad narrativa que la emparenta con los mitos fundacionales de las sociedades primitivas.

La representación cultural del sitio que habitamos (sensu stricto, el paisaje) es el resultado de poner en relación los datos que nuestro aparato sensitivo capta del exterior con una memoria gráfica que hemos ido acumulando a lo largo de nuestro proceso de desarrollo intelectual. Esta es la conexión del paisaje con la memoria personal, mecanismo por el que nuestra afectividad respecto a los sitios tiene que ver con nuestra experiencia. El paisaje y la memoria.

Almería es un territorio de laderas, un espacio con gran potencial de intervisibilidad y panorámicas. Estas grandes escenas se forman a partir de esa cualidad atmosférica. También tiene que ver con el aire la contemplación del cielo, tanto de día como de noche. Esta experiencia de gran cualidad panorámica desde las altas cumbres se corresponde con los aromas de monte, sutiles y tamizados. Como sotavento, Almería es un lugar donde el viento tiene un gran protagonismo, que se manifiesta en la historia desde los molinos de viento a los aerogeneradores. El paisaje y los aromas.

La portentosa geología de Almería constituye el soporte físico, material, de la experiencia humana. Sierras y valles compartimentan el espacio; la diversidad de los complejos geológicos del sistema bético (maláguide, nevado-filábride, alpujárride, sedimentarios) propone una paleta cromática infinita. La litología condiciona el hábitat, la arquitectura tradicional y la estrategia humana. Los campos volcánicos, desde Alborán hasta Águilas rematan la singularidad de la gea. El desierto es uno de los iconos de la identidad de Almería, impulsado y promovido especialmente por la industria cinematográfica. La historia minera es el contrapunto humano a esa imponente presencia física. Almería es un territorio minero. El paisaje y las formas.

Las condiciones geológicas y climáticas (ambientales, en definitiva), tan singulares en Almería, producen un claro predominio de la roca. Territorio pedregoso, árido y de pronunciadas pendientes, invita a una solución global que se manifiesta en la proliferación de mampostería de piedra seca. En todo tipo de construcciones, y muy señaladamente en los muros de piedra, tenemos uno de los iconos de la identidad territorial. Los balates, pedrizas, ribazos, hornazos, como son conocidos en distintos lugares de Almería, contienen una información geológica, climática, sedimentaria, cultural y social que merece la pena desentrañar. Piedras.

Almería es un territorio árido. Precisamente por eso, la búsqueda del agua, su regulación, su control, son las claves de su historia territorial. El aprovechamiento del agua superficial y subterránea es la condición de supervivencia, y todas las decisiones humanas, culturales, guardan relación con este objetivo vital. Pueblos, vegas, cortijos: el agua fluye, fluye la vida. Los principales cambios territoriales de Almería se relacionan con el cambio de los modelos de gestión y explotación del agua. El paisaje y los cambios.

El control del fuego constituye la gran metáfora de la cultura, interpretando las fuerzas de la naturaleza y adaptándose a ellas para conseguir sus finalidades. La cultura territorial es el conjunto de expresiones humanas adaptativas. Comienza con el asentamiento, y se manifiesta en el ritual, en la fiesta, en la cocina, en las formas de expresión. Los aromas, los sabores de nuestra cocina marcan los límites de una región sentimental. El paisaje y los ritos.

En la lectura del paisaje, en su comprensión, hay una evidente finalidad hedonista. El paisaje se sitúa entre la hermenéutica y el erotismo. En el desvelarse del significado se encierran ocultos mecanismos de placer. El ritual de interpretación del paisaje, en tanto que forma colectiva de concertar significados del territorio, del espacio de vida, es una ocasión de gozo. Esa experiencia gozosa, cívica, es el motor de la identidad y de la cohesión social. El disfrute del territorio es un derecho ciudadano que debe ser facilitado y promovido. El paisaje y el gozo.

La identificación con el sitio, que constituye el vínculo territorial, tiene múltiples manifestaciones que van desde lo económico a lo afectivo. Es una de las expresiones de la naturaleza humana, y se da en todas las civilizaciones. En el mundo mediterráneo, precisamente por su espesor civilizatorio, este vínculo está sumamente arraigado, aunque no por ello libre de riesgo de debilitamiento. Las peculiares condiciones del inconcluso proyecto de modernización de la sociedad almeriense han producido un debilitamiento agudo de ese vínculo, lo que hace que nuestras bases de desarrollo social sean frágiles. La conciencia de pertenencia al sitio es una forma particular de sinoicismo, es la conciencia de “ser aquí”. El reforzamiento de esa experiencia tiene un componente sentimental, pero también, y en último caso, una finalidad estratégica: la definitiva y deseablemente armónica modernización de nuestra sociedad debe construirse sobre una vigorosa conciencia de pertenencia al territorio. El reforzamiento de esa conciencia tiene una magnífica oportunidad en la experiencia de lectura del paisaje. Disfrutemos, gocemos del paisaje, desentrañemos el significado de nuestro territorio. Nos encontraremos con nuestra memoria colectiva, con nuestra identidad.

sábado, 11 de septiembre de 2010

Paisaje vs. medio ambiente

El vínculo con el sitio constituye una de las pasiones básicas de la cultura, que se emparenta con la producción, con la que comparte genealogía desde la experiencia neolítica. Esa experiencia sedentaria implica la reiteración de la mirada sobre el espacio de vida, y la verificación de que ese espacio responde a la propia “habitación”. La asignación de valores –productivos, defensivos, rituales, lúdicos…- a cada paraje no es sino una proyección de las inquietudes humanas hacia el escenario donde esas inquietudes se desarrollan. El sitio no es solo la estantería donde vamos situando esos valores, sino que es también el almacén de la memoria. Una memoria externa y circundante con una conexión inalámbrica con la identidad, a la que conforma y constituye. Enseguida, la religión se interpone como una mediación discursiva entre los humanos y su vivencia del entorno. Naturaleza=Dios. Esta deificación de la experiencia del sitio se continúa, en formas diversas, en las diferentes civilizaciones y épocas, hasta que la modernidad propone la ruptura de las mediaciones y la exaltación del individuo, portador de valores personales y de la libertad para interactuar con el entorno sin intermediarios. Es el origen del paisaje, o, como dice Heidegger, la época de la imagen del mundo. Identidad y sitio=paisaje, que se puede ampliar indefinidamente, puesto que nuestra mirada lo altera y lo regenera. Es el paisaje de Friedrich, el del monje en la playa o el del elegante excursionista que contempla desde la cumbre el mar de nubes. El paisaje constituye la secularización de la naturaleza y un espacio de libertad, exaltado por el romanticismo, que plantea abiertamente los peligros del ejercicio de esa libertad, ante las fuerzas desatadas de esa misma naturaleza. El riesgo como secularización de la fortuna. La ciencia y la técnica contra el azar y el designio. De esa época somos hijos. Unos hijos que se debaten entre el gozo civil del territorio a través del paisaje y una nueva deificación de nuestra relación con el entorno, a través de la noción del medio ambiente, estimulada por nuestros excesos y definitivamente institucionalizada en forma de re-ligación (religión) por el temor a la autodestrucción.

Del prólogo a "Los alumbres de Rodalquilar. Las otras minas". Epígrafe 2

VALLE DE RODALQUILAR (I)

El valle de Rodalquilar no es un sitio indiferente. De hecho, es un sitio diferente. Seguro que me ciega la pasión, y hasta es posible que utilice indecentemente al sitio para hablar de mí mismo. Porque el valle de Rodalquilar ha cambiado en la medida que cambiaba mi mirada sobre él, de forma que ya no sé si soy yo quien ha creado al valle o el valle el que me ha creado a mí. Poca gente puede decir que vive en el fondo de un volcán (de una caldera volcánica, más exactamente), en el que se han producido peripecias históricas tan sugerentes como la que motiva estas líneas, y otras que están por escribir. En el centro de la costa de Níjar, que es tanto como decir de la sierra de Cabo de Gata, entre los dominios cónicos y oscuros del sur y los tabulares y claros del norte, este pequeño universo autocontenido constituye un extraño museo de sí mismo, un museo abandonado del abandono, donde los mitos, leyendas y fabulaciones circulan por cada esquina, por cada piedra caída. Un sitio donde contrasta la poderosa huella de la acción humana con el debilitamiento de la memoria, que es el que deja paso a la fabulación. Huellas poderosas, pero discontinuas, que permiten reinventar el sitio sin las rigideces y rémoras del pasado, rescribiendo encima de un palimsepto que hay que descifrar. Al relato de las minerías protohistóricas sucede el de la ganadería estante medieval. A este, el del enclave alumbrero al que se dedica esta publicación. Un nuevo relato ganadero sucede al alumbre, hasta que se desata la hostilidad con los colonos agrícolas, que aprovechan la nueva seguridad de la costa fortificada. La fiebre del oro sustituye al mito agrícola, hasta que, tras una época de abandono, el relato actual está escrito con delirantes materiales de un “mix” ambiental-turístico, construyendo un nuevo significado más allá de toda evidencia de la historia territorial, como si esa historia no fuera mucho más sugerente que los devaneos de terraza con los que se construye el nuevo relato contemporáneo.

El disfrute del valle puede adoptar distintas modalidades, tantas como formas nos ofrece su convulso origen geológico o tantas como las correlativas maneras de ocupación del espacio que se han producido a lo largo del tiempo. El valle es mar y montaña, es un espacio rural e industrial, un espacio alternativamente vacío y lleno, calcinado y agostado bajo el implacable sol estival o humedecido, verde y floral con motivo de cualquier lluvia. El valle es muro o puerta, es europeo y africano: un extremo ultramontano, en un sotavento mediterráneo. El valle es un arte de arrastre para pescar levantes, en cuyo copo se encuentra atrapado Rodalquilar, el pueblo-factoría que robó el nombre al paraje. Es un espacio significante al que le cuesta entregar su significado. Quizá por eso los visitantes se consagran al sol y a la playa, pasando por encima de la complejidad y riqueza del valle con la misma velocidad con la que se encaminan a las arenas del Playazo. En su gran mayoría ignoran que en ese pequeño trayecto están atravesando la Estancia de Rodalquilar, sitio de destino del ganado de las sierras del sureste para pasar el invierno. Ignoran también que entre los dos pasos de la rambla están atravesando el poblado de Los Alumbres de Rodalquilar, singular fundación urbana asociada a una explotación minero-industrial del siglo XVI, a cuyo conocimiento se dedica esta publicación. Ignoran que la marina, la albaida del Playazo ha sido escenario de desembarcos del corso berberisco, de naufragios y de interesantes proyectos de colonización agraria. Ignoran que los relatos popularizados por el género cinematográfico del western (conflictos entre ganaderos extensivos y colonos agrícolas, fiebre del oro californiana) se estaban escenificando al mismo tiempo en este valle, pero saben que Clint Eastwood contribuyó a dar credibilidad al extravagante proyecto de Leone en Los Albaricoques. La redención de nuestro paisaje ha venido de la mano de la impostura: hemos sido las arenas del desierto saudita, hemos sido Aqaba, hemos sido el norte de África, el medio Oriente, los alrededores de Petra, Arizona, Nuevo México, y hasta un paisaje nevado en la Inglaterra medieval. Más que una redención parece una enajenación. Mientras se producen estos “préstamos” paisajísticos, el relato de nuestra propia identidad sigue vacante.

Extraido del prólogo a "Los Alumbres de Rodalquilar. Las otras minas" Epígrafes 3 y 4

lunes, 30 de agosto de 2010

Vientos


Siempre he sospechado que el viento del que hablamos no existe. Conozco los mecanismos atmosféricos, meteorológicos, por los que el aire se mueve de unos lugares a otros. No me refiero a eso. Me refiero a que cuando alguien dice “levante” no está invocando los mecanismos de la física de los gases, sino un conjunto de sensaciones que esa procedencia del aire provoca en un lugar determinado, y a como las siente la persona que lo pronuncia. En último término, está hablando de sí mismo/a. Por eso es tan curioso observar como un habitante de la ciudad de Almería se resiste a llamar “levante” a este viento fresquito y húmedo de la costa de Níjar, mientras que en la ciudad de Almería es sumamente cálido y seco. Esta evidencia, y mi descubrimiento –tardío, como siempre- del origen de los nombres de los vientos mediterráneos intermedios (lebeche, siroco, grecal, mistral), me inspiraron este texto del calendario 2007, extractados a su vez de un inconcluso “Manual de navegación en tierra firme”.

Notas de cata de vientos tal como se presentan en la costa de Níjar (desde el norte, y en el sentido de las agujas del reloj)

Norte

Fresco y vivificante, exige protección dérmica. Aromas de esparto y retama

Grecal

Agradable en todas las estaciones, moderado, tibio, espumoso y volátil. Aromas de yodo, marisco fresco y crema de protección solar.

Levante

Profundo, intenso, húmedo y lúbrico. En boca, balsámico, carnal y con mucho cuerpo. Aromas de brea, sal, ajedrea, mirto, tomillo y romero.

Siroco

Contundente, extremo, colorista y desecante. En boca, arcilla y arena. Aromas de adelfa, taray y dátil seco. Con buena protección indumentaria, recomendable captar fotografías con una luz inusual.

Sur

Conciliador, franco, amplio y generoso. Estimula la memoria y la noción de “ser aquí”. Aromas telúricos en primer plano, con fondos de humedales encajados. Frutas de secano.

Lebeche

Equilibrado, estructurado, apolíneo y canónico. Viento redondo, en boca se presenta volátil y vaporoso. Aromas de sal y pescado potenciado por hierbas aromáticas.

Poniente

Poderoso, persistente, crepuscular, escatológico. En boca, seco y astringente. Torbellino de aromas que se resisten a la catalogación.

Mistral

Seco en la garganta, aromas de frutos extratempranos. Largo de gusto, excelente para acompañar tardes y veladas domésticas.

lunes, 16 de agosto de 2010

Aljibes del Campo de Níjar

El Campo de Níjar, extremo sureste del sureste árido, sotavento mediterráneo, confín ultramontano, Almería extrema, quintaesenciada, ha visto como sus hijos han tenido que enfrentarse a lo largo de la historia a la escasez de agua. En ese enfrentamiento se ha generado una auténtica cultura territorial, la genuina cultura del agua en zonas áridas. En los distintos periodos, y dependiendo de las capacidades del grupo humano instalado en el territorio, se han desplegado distintas soluciones para resolver los tres problemas clásicos de la hidráulica tradicional (captación, transporte y almacenamiento). Pozos, norias, molinas, balsas, acequias, canales, minas, zimbras, qanats, cortas, boqueras, balates, cocones, azudes, presillas, partidores, paratas, han sembrado el paisaje rural de ingenios humanos, expresión de la estrategia de supervivencia en toda la provincia de Almería. Pero el símbolo más representativo de la cultura del agua en Níjar es el aljibe. El aljibe es la solución extrema. Se alimenta de la escorrentía superficial del agua de lluvia. Aunque identificamos el aljibe con la construcción más visible, que forma la cubierta de su vaso, deberíamos considerar al aljibe como el conjunto de soluciones integradas que resuelven la captación (preparación de la cuenca de recepción), el transporte (canalización hacia el decantador) y el almacenamiento (en el vaso cubierto para evitar la evaporación). Es esa integración de funciones la que convierte al aljibe en un sistema hídrico. La radicalidad climática del Campo de Níjar ha producido una gran proliferación de aljibes. Hay en el Campo de Níjar multitud de aljibes domiciliarios, integrados en las viviendas y de difícil análisis y localización. Los aljibes exentos responden a dos tipos constructivos: los de bóveda de medio cañón, de planta rectangular y alargada, y los de cúpula o tanques, como los que aparecen en las fotografías de arriba. Su fuerza escultórica, simbólica y ritual convierte a estas construcciones rurales en un auténtico icono de la identidad nijareña.

(del calendario 2011 de elJoraique)

lunes, 12 de julio de 2010

Mitos y ritos del agua en el Campo de Níjar



El agua es un elemento esencial para la vida. Todos los seres vivos necesitamos agua, y, además, estamos constituidos por ella en diversos porcentajes. De esta forma, la disponibilidad de agua ha funcionado desde los tiempos más remotos como un factor decisivo del uso del territorio.

El tránsito de las sociedad nómadas paleolíticas a las sedentarias en el Neolítico se produce como consecuencia del desarrollo de técnicas agrícolas basadas en la irrigación, lo que suponía no solo la presencia de agua, sino también un cierta capacidad tecnológica para administrarla.

En las sociedades tradicionales, el agua ha cumplido un papel determinante en la configuración cultural, simbólica y ritual. Es en estas sociedades rurales donde permanecen, en muchos casos alejados de su contexto cultural original, hábitos y prácticas, ritos en definitiva, que nos hablan de permanencias atávicas, y nos conectan con universos de significado en muchos casos de compleja interpretación.

En el Campo de Níjar, extremo suroriental de la provincia más suroriental de la península Ibérica, Almería extrema, sotavento mediterráneo, espacio ultramontano y fronterizo, la principal característica es la aridez. Unas precipitaciones entre 200 y 300 litros por metro cuadrado al año, y unas condiciones de evapotranspiración potencial de 700 lts por metro cuadrado al año, hablan claro de una situación extrema en cuanto a la disponibilidad de agua.

La vida tiene que adaptarse a estas circunstancias, y el Campo de Níjar presenta un magnífico repertorio de ingeniosas soluciones para sobrevivir en un espacio de limitados recursos hídricos.

La mitología y el ritual del agua tienen que ver, en todo lugar, con su importancia vital, pero presenta especiales connotaciones allí donde el agua es escasa.

El principal rasgo de la escasez del agua es que los mitos (los dioses hablan con los hombres) y los ritos (los hombres hablan con los dioses), no se refieren al agua superficial, que nace y fluye naturalmente a la vista de todos, sino a los artefactos necesarios para la captación, almacenamiento y distribución del agua. El significado se localiza en puntos concretos (pozos, minas, aljibes, norias…). Este significado tiene unas claras connotaciones sociales –colectivas- y éticas –de codificación de las conductas individuales en el grupo-. El agua tiene una condición de activo social, que se manifiesta es sus vertientes técnica, lúdica y ritual. Los lugares del agua se convierten así en espacios de relación social, en lugares significantes donde se enfatizan los diferentes rituales, para hacerlos memorables.

En la zona más árida del Campo de Níjar (el Hornillo y la Costa), los aljibes son los elementos esenciales en la cultura del agua. El aljibe es lugar de paso obligado para el abastecimiento, pero también incluye lavaderos y abrevaderos para el ganado, lo que subraya su papel social. Son tradicionales los relatos sobre tesoros escondidos en los aljibes, lo que evidentemente encierra la metáfora del propio tesoro del agua. Las sanaciones con agua de aljibe contrastan con otros relatos trágicos, que se resuelven también el aljibes y norias, lo que indica claramente la posición central del agua en el ciclo de la vida.

Son de destacar las connotaciones de género que tenían las relaciones con el agua, que pueden resumirse en un uso para la producción externa por parte del hombre (el riego), mientras que la mujer hacía un uso doméstico del agua (producción interna). Estos dos universos confluían puntualmente, en fiestas y verbenas, donde la conexión de estas dos esferas del uso del agua se ponía de manifiesto en juegos de agua que acompañaban a las aproximaciones de cortejo.

En los relatos locales de Carmen de Burgos queda reflejada la importancia simbólica del agua y sus artefactos, que llegan a ocupar un lugar destacado en el planteamiento argumental, como las norias del valle de Rodalquilar en Los Inadaptados.

Cuando nos acerquemos a estos elementos del agua, hoy parcialmente recuperados por la acción de las Administraciones Públicas, debemos considerar que más allá de su evidente función utilitaria, estas construcciones ocupaban un lugar central en la vida de los habitantes de estas tierras, y que en torno a ellos gravitaban todas las relaciones sociales, simbólicas y rituales de los miembros de una cultura rural mediterránea, sumamente contrastada precisamente por la escasez de agua.