lunes, 20 de noviembre de 2017

Los cabezos del Cabo. Significados del nombre "Cabo de Gata"


Muchas son las cosas fascinantes de Cabo de Gata. Un espacio geográfico rico en información, singularidades que son objeto de conocimiento de disciplinas diferentes… Pero todas esas cosas comparecen como paisaje. Las vistas, las escenas, componente formal de ese paisaje, son sorprendentes, contrastadas y muy, muy evocadoras. Con mucha frecuencia, esta evocación es vivida como una invitación a la fabulación, y, en todo caso, como un escenario potente para que brille nuestro personaje. Encomiable y muy respetable actitud, que, sin embargo, se me antoja epidérmica y quizá demasiado previsible en los tiempos que corren.

El “éxito” de Cabo de Gata ha producido una enorme y discontinua afluencia de gente a la búsqueda de algo (las playas, la vibración telúrica, la atmósfera alternativa…) Pero, vengan a lo que vengan, y a pesar de las grandes incomodidades que el desbordamiento vacacional produce, quieran o no, quedan atrapados por un paisaje apabullante.

Los que hemos contraído un compromiso con el paisaje como un camino hacia el significado, nos dedicamos a proporcionar pistas que permitan a otros transitar ese camino. En una invitación a habitar poéticamente, indagamos acerca de cuáles son esas pistas, las claves que nos pueden llevar al camino del conocimiento,  que se convierte en goce al traspasar los velos del parecer para irrumpir en el íntimo arcano del significado.

Las diferentes ciencias hacen sus aportaciones, lo que nos permite descifrar el origen, la evolución, y algunas conexiones entre las cosas. Todos esos datos contribuyen a perfilar nuestra mirada, y facilitan una mayor riqueza de la vivencia del paisaje.

Pero son las claves poéticas las que contienen mayor capacidad de consagrar el vínculo con el sitio a través del significado. Ecos de las palabras de Carmen de Burgos, de Goytisolo (Juan), de Valente, de Egea…; la palabra como vehículo de complicidad. La palabra compartida, necesaria para la iniciación en el sentido.

Las palabras. El nombre. En el principio fue el verbo. El verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros (Juan 1:14). Comprendemos el verbo porque fue traído hacia nosotros en nuestra forma, lo que nos permitió compartir el significado.

El nombre de los sitios. El verbo. Pero ¿cómo se hace carne el verbo de un sitio? 

¿Cuál es el significado del término geográfico “Cabo de Gata”?

Esta pregunta seminal puede ser contestada desde dos ámbitos, que conviene desplegar. Por una parte, nos plantearemos qué decimos cuando decimos “Cabo de Gata”, a qué nos referimos. Por otra parte, interrogaremos al propio nombre acerca de su capacidad significante. Este es el cometido de la toponimia, una parte de la onomástica: la clarificación del origen de los nombres, sus claves filológicas, etimológicas, que nos explican su sentido original.










¿Qué decimos cuando decimos "Cabo de Gata?

Hemos de empezar constatando una condición problemática del término, por su falta de precisión. Esta falta de precisión es consecuencia de que este nombre geográfico alude simultáneamente a las siguientes cosas:

-          El accidente geográfico del cabo, simbolizado por el icono del arrecife de las Sirenas, y enfatizado por el faro. Se sitúa en el extremo suroriental de la península, en el municipio de Níjar.
-          Una sierra, que contiene una alineación principal entre el cabo y Mesa Roldán y unos apéndices costeros que se separan de ella (cerros de los Frailes y Los Lobos). Su práctica totalidad se extiende en el municipio de Níjar. Su extremo nororiental (Mesa Roldán), en el de Carboneras.
-          Un pueblo, San Miguel de Cabo de Gata, que, con el paso del tiempo, ha perdido el santo y es conocido por sus habitantes y usuarios como “Cabo de Gata”. Se sitúa en el municipio de Almería.
-          Unas salinas, que ocupan el frente litoral del glacis occidental de la sierra de Cabo de Gata, y que adoptan su nombre. Junto a las salinas, un poblado de las empresas que la han explotado, y que ya prácticamente se confunde con el asentamiento histórico de la Almadraba de Monteleva. Todo ello en el término de Almería.
-          Un Parque Natural, cuya denominación oficial es la de “Cabo de Gata-Níjar”, que en sus límites administrativos incluye un amplio sector litoral del espacio sedimentario de la Bahía de Almería, en el municipio de la capital, y otro sector septentrional en el municipio de Carboneras, incluyendo una parte de Sierra Cabrera, a cuyo pie se encuentra el famoso hotel del “Algarrobico”, que en sentido geográfico estricto, no se encuentra en Cabo de Gata. La falta de correspondencia entre los límites de ese espacio administrativo y su denominación oficial se vuelve problemática. Así se explica que el consistorio carbonero reclame la inclusión de su denominación en el nombre del Parque, o que en el material promocional del municipio de Almería se incluya la expresión “Almería, capital del Parque Natural de Cabo de Gata”.
-          Una zona o región, destino turístico del enorme y discontinuo flujo de visitantes al que nos referíamos al principio, que es protagonista y víctima de esta confusión terminológica. Es una zona que también acoge a nuevos pobladores estables: en una gran parte artistas, profesionales, que mantienen vínculos más o menos intensos con sus ciudades de origen. También emprendedores y trabajadores de un incipiente negocio turístico, tan singular como el lugar que le sirve de base.
Estos nuevos habitantes de la zona suelen referirse al sitio donde se asientan como “El Cabo”.  Algunos prefieren llamarla “el Parque”, aunque esta impostura consistente en llamar a un sitio por un nombre administrativo, es más frecuente entre los usuarios de la ciudad de Almería. Pero conviene dejar la historia de esta impostura para otra próxima entrada, ya que se enmarca en los múltiples y complejos procesos de desbordamiento y enajenación que caracterizan las últimas décadas de la historia territorial de Níjar.

Y es el momento de entrar en el segundo ámbito. 
El origen etimológico del término “Cabo de Gata”. Disección toponímica.
Voy a partir aquí de la hipótesis toponímica que me parece más creíble. La que alude a una construcción pleonástica del topónimo Cabo de Gata (caput capita), con dos étimos procedentes de la misma raíz latina “caput”, cuyo nominativo plural sería “capita”. Nos encontraríamos, entonces, ante un caso parecido al ejemplo famoso del “Puente de Alcántara” (puente del puente). La principal diferencia entre nuestro caso y este ejemplo radica en que en el caso fronterizo del Tajo se trata de dos étimos de procedencia diferente: puente del latín pontis y alcántara del árabe الكانتارا al-qantarah, pero del mismo significado “puente”.
El primer étimo no ofrece dificultad alguna. La evolución Caput/capu/capo/cabo es conocida y está bien descrita. 
Es en el segundo étimo donde encontramos los principales retos de interpretación. Siguiendo la hipótesis adoptada, si procede del nominativo plural de caput (capita), su evolución se explica por su paso por el árabe qabta. Torres Balbás, en un artículo de 1957, recoge una noticia de Ibn Idari, acerca de una visita de Al-Hakam II al ribât qabta (353/964). La posterior evolución al castellano daría la voz “gata”. Si creemos esta hipótesis, debemos concluir que el contenido semántico de su nombre está en el latin “capita”.

Hemos de plantearnos, entonces, cuál es el significado del cabo “capita”, y qué hechos físicos explicarían el nombre.
Caput significa cabeza, y de ahí derivan todos sus significados, todos sus campos semánticos. Capita incorpora el matiz del plural. En consecuencia, deberíamos plantearnos la hipótesis semántica de Cabo de Gata como "Cabo de las Cabezas".
Para “afinar” esta hipótesis, podemos incorporar dos elementos nuevos. Los rituales de la Virgen de la Cabeza, y la voz “cabezo”, de origen aragonés, pero ampliamente utilizada en todo el mundo castellanohablante.
Aunque el significado de la “Cabeza” a la que se refiere la Virgen queda velado por el concreto ritual de sus romerías y peregrinaciones, hemos de llamar la atención acerca de que todos estos rituales se centran en la ascensión a un cerro o elevación montañosa. Así es en Andújar, en Zújar, en Monteagud. La “cabeza” de esta Virgen es una montaña.
“Cabezo” es un término geográfico que se refiere, igualmente, a una elevación del terreno. Está muy implantado en todo el levante peninsular, y en gran parte de la provincia de Almería. El Cabezo de María, en el término de Antas, es un cerro de origen volcánico que se eleva en uno de los bordes de la Depresión de Vera. También es objeto de peregrinación ritual en una romería.
Si nos vamos al Diccionario de la lengua española, de la RAE, nos encontramos con los siguientes significados del término “cabezo”:
11.       m. Cerro alto.
22.       m. Cumbre de una montaña
33.       m. Monte pequeño y aislado
44.       m. Mar. Roca de cima redonda que sobresale del agua o dista poco de la superficie de esta.
Es inevitable, en el caso de Cabo de Gata, detenerse en la cuarta acepción. Es una acepción de origen náutico. Se refiere a la percepción del paisaje desde el mar. Cualquiera que haya navegado cerca de la costa de la Sierra de Cabo de Gata (la costa de Níjar) apreciará que para situarse hay que interpretar la diferente cualidad de cada una de sus puntas o cabezos (entrantes montañosos en el mar). 
Todos estos cerros tienen una morfología similar, fruto de la erosión marina, que ha ido tallando una plataforma de abrasión en la zona del rompiente del oleaje, y produciendo los desplomes correspondientes, de forma que su perfil asimétrico es muy característico. Formaría una de las “caligrafías” más singulares de la parte marítima de la sierra de Cabo de Gata.



Esta forma característica es identificable tanto en grandes elementos del relieve (Cerro Negro, Cerro del Romero, Cerro del Bergantín, Cerro de los Lobos, Cerro En medio, Cerro del Castillo, Cerro de Vela Blanca), como en pequeños pero muy icónicos elementos (Morrón del Genovés, La Isleta, roca de Mónsul).
Aunque el perfil de erosión litoral con desplome es común a todos los materiales que resultan erosionados, la geoforma más característica de Cabo de Gata es la que proviene de la erosión de domos andesíticos, roca volcánica de gran dureza, que forma todos los elementos del relieve citados arriba.
Encontramos en la configuración física de estos elementos de la Costa de Níjar la razón semántica que reforzaría la hipótesis toponímica según la cual Cabo de Gata es el Cabo de los Cabezos.


Para una próxima entrada, un análisis de los procesos de desbordamiento y enajenación en el territorio de Níjar.

martes, 29 de mayo de 2012

Liesegang

Estos anillos de Liesegang son una forma gráfica muy característica de la caldera de Rodalquilar. Su orígen explica gran parte de las singularidades de la dinámica física de esta caldera: vulcanismo explosivo e hidrotermalismo se alían para producir estos dibujos. El vulcanismo de Cabo de Gata es de magma muy viscoso, lo que produce domos volcánicos que pueden llegar a explotar por la presión de gases confinados. El resultado de esa explosión es la caldera. Los materiales violentamente expulsados por la explosión forman nubes piroclásticas. Parte de los componentes de esta nube se enfrían y se precipitan hacia el suelo, formando depósitos que se solidifican constituyendo ignimbritas. Las ignimbritas son el lienzo sobre el que se van a dibujar los anillos. El pincel es el agua subterránea que, calentada por la cercanía del magma, asciende a la superficie, a través de grietas y materiales porosos. Las coloraciones de los anillos las aportan los distintos minerales metálicos con los que entra en contacto el agua ascendente. Las ignimbritas en subfusión actúan como un gel donde quedan registrados en forma de anillo los sucesivos impulsos hidrotermales. Su nombre se debe a Raphael Liesegang, químico alemán, que produjo estas formas en laboratorio, mientras investigaba sobre el comportamiento de distintos geles para procesos fotográficos.

viernes, 18 de febrero de 2011

Almería y el paisaje

Almería es un territorio singular, resultado de un marco físico contrastado (un sotavento mediterráneo árido y montañoso) y de una correlativa experiencia cultural que se expresa en el poblamiento y en las estrategias productivas. Nuestra singularidad se manifiesta en el paisaje. Pero la noción de “paisaje” ha evolucionado notablemente desde su instauración en la Europa del s. XIV, cuando Petrarca narra su iniciática ascensión al Mont Ventoux . El paisaje actual tiene un fuerte componente emotivo, emocional, en el que se reside su potencial para conciliar sensibilidades y voluntades, y para contribuir a la articulación y cohesión social. La lectura del paisaje contiene una cualidad narrativa que la emparenta con los mitos fundacionales de las sociedades primitivas.

La representación cultural del sitio que habitamos (sensu stricto, el paisaje) es el resultado de poner en relación los datos que nuestro aparato sensitivo capta del exterior con una memoria gráfica que hemos ido acumulando a lo largo de nuestro proceso de desarrollo intelectual. Esta es la conexión del paisaje con la memoria personal, mecanismo por el que nuestra afectividad respecto a los sitios tiene que ver con nuestra experiencia. El paisaje y la memoria.

Almería es un territorio de laderas, un espacio con gran potencial de intervisibilidad y panorámicas. Estas grandes escenas se forman a partir de esa cualidad atmosférica. También tiene que ver con el aire la contemplación del cielo, tanto de día como de noche. Esta experiencia de gran cualidad panorámica desde las altas cumbres se corresponde con los aromas de monte, sutiles y tamizados. Como sotavento, Almería es un lugar donde el viento tiene un gran protagonismo, que se manifiesta en la historia desde los molinos de viento a los aerogeneradores. El paisaje y los aromas.

La portentosa geología de Almería constituye el soporte físico, material, de la experiencia humana. Sierras y valles compartimentan el espacio; la diversidad de los complejos geológicos del sistema bético (maláguide, nevado-filábride, alpujárride, sedimentarios) propone una paleta cromática infinita. La litología condiciona el hábitat, la arquitectura tradicional y la estrategia humana. Los campos volcánicos, desde Alborán hasta Águilas rematan la singularidad de la gea. El desierto es uno de los iconos de la identidad de Almería, impulsado y promovido especialmente por la industria cinematográfica. La historia minera es el contrapunto humano a esa imponente presencia física. Almería es un territorio minero. El paisaje y las formas.

Las condiciones geológicas y climáticas (ambientales, en definitiva), tan singulares en Almería, producen un claro predominio de la roca. Territorio pedregoso, árido y de pronunciadas pendientes, invita a una solución global que se manifiesta en la proliferación de mampostería de piedra seca. En todo tipo de construcciones, y muy señaladamente en los muros de piedra, tenemos uno de los iconos de la identidad territorial. Los balates, pedrizas, ribazos, hornazos, como son conocidos en distintos lugares de Almería, contienen una información geológica, climática, sedimentaria, cultural y social que merece la pena desentrañar. Piedras.

Almería es un territorio árido. Precisamente por eso, la búsqueda del agua, su regulación, su control, son las claves de su historia territorial. El aprovechamiento del agua superficial y subterránea es la condición de supervivencia, y todas las decisiones humanas, culturales, guardan relación con este objetivo vital. Pueblos, vegas, cortijos: el agua fluye, fluye la vida. Los principales cambios territoriales de Almería se relacionan con el cambio de los modelos de gestión y explotación del agua. El paisaje y los cambios.

El control del fuego constituye la gran metáfora de la cultura, interpretando las fuerzas de la naturaleza y adaptándose a ellas para conseguir sus finalidades. La cultura territorial es el conjunto de expresiones humanas adaptativas. Comienza con el asentamiento, y se manifiesta en el ritual, en la fiesta, en la cocina, en las formas de expresión. Los aromas, los sabores de nuestra cocina marcan los límites de una región sentimental. El paisaje y los ritos.

En la lectura del paisaje, en su comprensión, hay una evidente finalidad hedonista. El paisaje se sitúa entre la hermenéutica y el erotismo. En el desvelarse del significado se encierran ocultos mecanismos de placer. El ritual de interpretación del paisaje, en tanto que forma colectiva de concertar significados del territorio, del espacio de vida, es una ocasión de gozo. Esa experiencia gozosa, cívica, es el motor de la identidad y de la cohesión social. El disfrute del territorio es un derecho ciudadano que debe ser facilitado y promovido. El paisaje y el gozo.

La identificación con el sitio, que constituye el vínculo territorial, tiene múltiples manifestaciones que van desde lo económico a lo afectivo. Es una de las expresiones de la naturaleza humana, y se da en todas las civilizaciones. En el mundo mediterráneo, precisamente por su espesor civilizatorio, este vínculo está sumamente arraigado, aunque no por ello libre de riesgo de debilitamiento. Las peculiares condiciones del inconcluso proyecto de modernización de la sociedad almeriense han producido un debilitamiento agudo de ese vínculo, lo que hace que nuestras bases de desarrollo social sean frágiles. La conciencia de pertenencia al sitio es una forma particular de sinoicismo, es la conciencia de “ser aquí”. El reforzamiento de esa experiencia tiene un componente sentimental, pero también, y en último caso, una finalidad estratégica: la definitiva y deseablemente armónica modernización de nuestra sociedad debe construirse sobre una vigorosa conciencia de pertenencia al territorio. El reforzamiento de esa conciencia tiene una magnífica oportunidad en la experiencia de lectura del paisaje. Disfrutemos, gocemos del paisaje, desentrañemos el significado de nuestro territorio. Nos encontraremos con nuestra memoria colectiva, con nuestra identidad.

sábado, 11 de septiembre de 2010

Paisaje vs. medio ambiente

El vínculo con el sitio constituye una de las pasiones básicas de la cultura, que se emparenta con la producción, con la que comparte genealogía desde la experiencia neolítica. Esa experiencia sedentaria implica la reiteración de la mirada sobre el espacio de vida, y la verificación de que ese espacio responde a la propia “habitación”. La asignación de valores –productivos, defensivos, rituales, lúdicos…- a cada paraje no es sino una proyección de las inquietudes humanas hacia el escenario donde esas inquietudes se desarrollan. El sitio no es solo la estantería donde vamos situando esos valores, sino que es también el almacén de la memoria. Una memoria externa y circundante con una conexión inalámbrica con la identidad, a la que conforma y constituye. Enseguida, la religión se interpone como una mediación discursiva entre los humanos y su vivencia del entorno. Naturaleza=Dios. Esta deificación de la experiencia del sitio se continúa, en formas diversas, en las diferentes civilizaciones y épocas, hasta que la modernidad propone la ruptura de las mediaciones y la exaltación del individuo, portador de valores personales y de la libertad para interactuar con el entorno sin intermediarios. Es el origen del paisaje, o, como dice Heidegger, la época de la imagen del mundo. Identidad y sitio=paisaje, que se puede ampliar indefinidamente, puesto que nuestra mirada lo altera y lo regenera. Es el paisaje de Friedrich, el del monje en la playa o el del elegante excursionista que contempla desde la cumbre el mar de nubes. El paisaje constituye la secularización de la naturaleza y un espacio de libertad, exaltado por el romanticismo, que plantea abiertamente los peligros del ejercicio de esa libertad, ante las fuerzas desatadas de esa misma naturaleza. El riesgo como secularización de la fortuna. La ciencia y la técnica contra el azar y el designio. De esa época somos hijos. Unos hijos que se debaten entre el gozo civil del territorio a través del paisaje y una nueva deificación de nuestra relación con el entorno, a través de la noción del medio ambiente, estimulada por nuestros excesos y definitivamente institucionalizada en forma de re-ligación (religión) por el temor a la autodestrucción.

Del prólogo a "Los alumbres de Rodalquilar. Las otras minas". Epígrafe 2

VALLE DE RODALQUILAR (I)

El valle de Rodalquilar no es un sitio indiferente. De hecho, es un sitio diferente. Seguro que me ciega la pasión, y hasta es posible que utilice indecentemente al sitio para hablar de mí mismo. Porque el valle de Rodalquilar ha cambiado en la medida que cambiaba mi mirada sobre él, de forma que ya no sé si soy yo quien ha creado al valle o el valle el que me ha creado a mí. Poca gente puede decir que vive en el fondo de un volcán (de una caldera volcánica, más exactamente), en el que se han producido peripecias históricas tan sugerentes como la que motiva estas líneas, y otras que están por escribir. En el centro de la costa de Níjar, que es tanto como decir de la sierra de Cabo de Gata, entre los dominios cónicos y oscuros del sur y los tabulares y claros del norte, este pequeño universo autocontenido constituye un extraño museo de sí mismo, un museo abandonado del abandono, donde los mitos, leyendas y fabulaciones circulan por cada esquina, por cada piedra caída. Un sitio donde contrasta la poderosa huella de la acción humana con el debilitamiento de la memoria, que es el que deja paso a la fabulación. Huellas poderosas, pero discontinuas, que permiten reinventar el sitio sin las rigideces y rémoras del pasado, rescribiendo encima de un palimsepto que hay que descifrar. Al relato de las minerías protohistóricas sucede el de la ganadería estante medieval. A este, el del enclave alumbrero al que se dedica esta publicación. Un nuevo relato ganadero sucede al alumbre, hasta que se desata la hostilidad con los colonos agrícolas, que aprovechan la nueva seguridad de la costa fortificada. La fiebre del oro sustituye al mito agrícola, hasta que, tras una época de abandono, el relato actual está escrito con delirantes materiales de un “mix” ambiental-turístico, construyendo un nuevo significado más allá de toda evidencia de la historia territorial, como si esa historia no fuera mucho más sugerente que los devaneos de terraza con los que se construye el nuevo relato contemporáneo.

El disfrute del valle puede adoptar distintas modalidades, tantas como formas nos ofrece su convulso origen geológico o tantas como las correlativas maneras de ocupación del espacio que se han producido a lo largo del tiempo. El valle es mar y montaña, es un espacio rural e industrial, un espacio alternativamente vacío y lleno, calcinado y agostado bajo el implacable sol estival o humedecido, verde y floral con motivo de cualquier lluvia. El valle es muro o puerta, es europeo y africano: un extremo ultramontano, en un sotavento mediterráneo. El valle es un arte de arrastre para pescar levantes, en cuyo copo se encuentra atrapado Rodalquilar, el pueblo-factoría que robó el nombre al paraje. Es un espacio significante al que le cuesta entregar su significado. Quizá por eso los visitantes se consagran al sol y a la playa, pasando por encima de la complejidad y riqueza del valle con la misma velocidad con la que se encaminan a las arenas del Playazo. En su gran mayoría ignoran que en ese pequeño trayecto están atravesando la Estancia de Rodalquilar, sitio de destino del ganado de las sierras del sureste para pasar el invierno. Ignoran también que entre los dos pasos de la rambla están atravesando el poblado de Los Alumbres de Rodalquilar, singular fundación urbana asociada a una explotación minero-industrial del siglo XVI, a cuyo conocimiento se dedica esta publicación. Ignoran que la marina, la albaida del Playazo ha sido escenario de desembarcos del corso berberisco, de naufragios y de interesantes proyectos de colonización agraria. Ignoran que los relatos popularizados por el género cinematográfico del western (conflictos entre ganaderos extensivos y colonos agrícolas, fiebre del oro californiana) se estaban escenificando al mismo tiempo en este valle, pero saben que Clint Eastwood contribuyó a dar credibilidad al extravagante proyecto de Leone en Los Albaricoques. La redención de nuestro paisaje ha venido de la mano de la impostura: hemos sido las arenas del desierto saudita, hemos sido Aqaba, hemos sido el norte de África, el medio Oriente, los alrededores de Petra, Arizona, Nuevo México, y hasta un paisaje nevado en la Inglaterra medieval. Más que una redención parece una enajenación. Mientras se producen estos “préstamos” paisajísticos, el relato de nuestra propia identidad sigue vacante.

Extraido del prólogo a "Los Alumbres de Rodalquilar. Las otras minas" Epígrafes 3 y 4

lunes, 30 de agosto de 2010

Vientos


Siempre he sospechado que el viento del que hablamos no existe. Conozco los mecanismos atmosféricos, meteorológicos, por los que el aire se mueve de unos lugares a otros. No me refiero a eso. Me refiero a que cuando alguien dice “levante” no está invocando los mecanismos de la física de los gases, sino un conjunto de sensaciones que esa procedencia del aire provoca en un lugar determinado, y a como las siente la persona que lo pronuncia. En último término, está hablando de sí mismo/a. Por eso es tan curioso observar como un habitante de la ciudad de Almería se resiste a llamar “levante” a este viento fresquito y húmedo de la costa de Níjar, mientras que en la ciudad de Almería es sumamente cálido y seco. Esta evidencia, y mi descubrimiento –tardío, como siempre- del origen de los nombres de los vientos mediterráneos intermedios (lebeche, siroco, grecal, mistral), me inspiraron este texto del calendario 2007, extractados a su vez de un inconcluso “Manual de navegación en tierra firme”.

Notas de cata de vientos tal como se presentan en la costa de Níjar (desde el norte, y en el sentido de las agujas del reloj)

Norte

Fresco y vivificante, exige protección dérmica. Aromas de esparto y retama

Grecal

Agradable en todas las estaciones, moderado, tibio, espumoso y volátil. Aromas de yodo, marisco fresco y crema de protección solar.

Levante

Profundo, intenso, húmedo y lúbrico. En boca, balsámico, carnal y con mucho cuerpo. Aromas de brea, sal, ajedrea, mirto, tomillo y romero.

Siroco

Contundente, extremo, colorista y desecante. En boca, arcilla y arena. Aromas de adelfa, taray y dátil seco. Con buena protección indumentaria, recomendable captar fotografías con una luz inusual.

Sur

Conciliador, franco, amplio y generoso. Estimula la memoria y la noción de “ser aquí”. Aromas telúricos en primer plano, con fondos de humedales encajados. Frutas de secano.

Lebeche

Equilibrado, estructurado, apolíneo y canónico. Viento redondo, en boca se presenta volátil y vaporoso. Aromas de sal y pescado potenciado por hierbas aromáticas.

Poniente

Poderoso, persistente, crepuscular, escatológico. En boca, seco y astringente. Torbellino de aromas que se resisten a la catalogación.

Mistral

Seco en la garganta, aromas de frutos extratempranos. Largo de gusto, excelente para acompañar tardes y veladas domésticas.

lunes, 16 de agosto de 2010

Aljibes del Campo de Níjar

El Campo de Níjar, extremo sureste del sureste árido, sotavento mediterráneo, confín ultramontano, Almería extrema, quintaesenciada, ha visto como sus hijos han tenido que enfrentarse a lo largo de la historia a la escasez de agua. En ese enfrentamiento se ha generado una auténtica cultura territorial, la genuina cultura del agua en zonas áridas. En los distintos periodos, y dependiendo de las capacidades del grupo humano instalado en el territorio, se han desplegado distintas soluciones para resolver los tres problemas clásicos de la hidráulica tradicional (captación, transporte y almacenamiento). Pozos, norias, molinas, balsas, acequias, canales, minas, zimbras, qanats, cortas, boqueras, balates, cocones, azudes, presillas, partidores, paratas, han sembrado el paisaje rural de ingenios humanos, expresión de la estrategia de supervivencia en toda la provincia de Almería. Pero el símbolo más representativo de la cultura del agua en Níjar es el aljibe. El aljibe es la solución extrema. Se alimenta de la escorrentía superficial del agua de lluvia. Aunque identificamos el aljibe con la construcción más visible, que forma la cubierta de su vaso, deberíamos considerar al aljibe como el conjunto de soluciones integradas que resuelven la captación (preparación de la cuenca de recepción), el transporte (canalización hacia el decantador) y el almacenamiento (en el vaso cubierto para evitar la evaporación). Es esa integración de funciones la que convierte al aljibe en un sistema hídrico. La radicalidad climática del Campo de Níjar ha producido una gran proliferación de aljibes. Hay en el Campo de Níjar multitud de aljibes domiciliarios, integrados en las viviendas y de difícil análisis y localización. Los aljibes exentos responden a dos tipos constructivos: los de bóveda de medio cañón, de planta rectangular y alargada, y los de cúpula o tanques, como los que aparecen en las fotografías de arriba. Su fuerza escultórica, simbólica y ritual convierte a estas construcciones rurales en un auténtico icono de la identidad nijareña.

(del calendario 2011 de elJoraique)