miércoles, 9 de diciembre de 2020

La paradoja de Rodalquilar.

Reflexiones sobre patrimonio minero desde la planta Denver



Intro

Tengo la misma edad que la planta Denver, por lo que, inevitablemente, asisto a su deterioro como una manifestación externa de mi propia decrepitud, que también se evidencia en esos pelos que me salen en lugares tan inverosímiles como inoportunos, o en la cada vez más abigarrada cartografía de mi piel.

Además de coetáneo, también soy coterráneo, por lo que la planta Denver es para mí una presencia cotidiana y un auténtico icono inspirador.

Parece serlo también para un número elevado de personas que la visitan en los periodos vacacionales o en fines de semana, de forma que es difícil acercarse a la planta en esos momentos sin encontrarse con varios de estos visitantes.

Hoy me propongo hacer algunas reflexiones sobre el llamado patrimonio minero, y en particular sobre la planta Denver, en el contexto de la aventura metalúrgica del coto aurífero de Rodalquilar.



Nuestra noción de “patrimonio”

El campo semántico de “patrimonio” incluye distintos componentes:

  • Un componente de valor (Se considera valor patrimonial el valor contable con que se ha registrado un bien en los libros de contabilidad).

  • Un componente de titularidad, de pertenencia o posesión (Fulanito de tal es titular o poseedor de un importante patrimonio).

  • Un componente de transmisión entre generaciones, de herencia (existe un polémico impuesto de transmisiones patrimoniales).

En resumen, patrimonio es algo valioso, que nos pertenece y que debemos atesorar para legarlo a nuestros herederos. Este es el sentido de nuestro concepto moderno de patrimonio. En una primera adjetivación, surge el concepto de patrimonio cultural. Este concepto prescinde de una de las cualidades semánticas del término, el de la posesión. De esta forma, pueden considerarse bienes de interés cultural propiedades privadas, sobre cuyo uso y dominio recaerán distintas restricciones en atención a las otras dos cualidades semánticas: son valiosos y debemos velar por una correcta transmisión generacional. Aunque no nos pertenezca el bien material, sí nos pertenece la información cultural que contiene, su significado.

¿Cómo saber cuál es el alcance de nuestro patrimonio? Pues, haciendo un inventario. También cuando nos referimos al patrimonio cultural. Los catálogos e inventarios son los primeros instrumentos de las pioneras legislaciones protectoras del patrimonio cultural. Pongo la cursiva en “protectoras” por un argumento que desarrollaré más adelante.

Con este andamiaje jurídico-administrativo comienza nuestra andadura colectiva con el patrimonio cultural. De los momentos fundacionales, tres cosas persisten a día de hoy, a mi juicio, de una manera torpe.

  • La primera es que la apreciación del valor corresponde a especialistas, a profesionales, científicos o iniciados en los conocimientos necesarios para verificarlo.

  • La segunda es que ese valor se asigna a un bien material, tangible, a un objeto (sea una pequeña joya o una catedral gótica).

  • La tercera, consecuencia de la segunda, es que la labor básica de los poderes públicos respecto al patrimonio cultural es su protección, conservación y, en su caso, restauración o reconstrucción.


La recepción social del concepto “patrimonio”

Como tantos otros conceptos que articulan las preocupaciones de clases sociales o colectivos emergentes, el de patrimonio ha experimentado un proceso de expansión en las últimas décadas. Se empezó a desdoblar en patrimonio natural y cultural; más tarde en material e inmaterial. El concepto de patrimonio histórico empezó a convivir con el de patrimonio cultural. El resultado de esta expansión conceptual ha sido la sofisticación del término “patrimonio”, con una creciente diversidad semántica, en el contexto de una sociedad más diversa y compleja. Uno de los efectos de esta expansión del concepto “patrimonio” es que amplias capas de la población tienen dificultades para identificarse con los nuevos objetos y elementos que distintos especialistas consideran dignos de integrar el patrimonio. De esta manera, el empleo del término pasa de ser pacífico (los elementos que se consideran patrimonio son reconocidos por la sociedad) a ser conflictivo (se emplea el término patrimonio para llamar la atención sobre la necesidad de apreciar determinadas cosas, sin que exista un apoyo social claro, o, en los casos más extremos, a pesar de la oposición social). Son los nuevos “patrimonios”.

A partir de aquí, los “activistas” del patrimonio se especializan en la interlocución con los poderes públicos, espoleados por el marco europeo, y ante la indiferencia social, lo que me inspiró una reflexión crítica sobre el estado de la cuestión, y decidí repensar los tres puntos que he denominado “fundacionales” en cuanto al patrimonio cultural:

  • Respecto al primer punto, es la sociedad en su conjunto la que tiene que apreciar el valor de las cosas, puesto que, sea cual sea el patrimonio que se promueve, será un patrimonio de toda la sociedad. Los especialistas y científicos deben contribuir con su producción intelectual al reconocimiento de ese valor. El activismo patrimonial debe velar por el reconocimiento jurídico y administrativo de esos bienes, pero también debería emplearse en la ampliación de la base social de apoyo a esas políticas.

  • Respecto al segundo punto, hay que complementar la inercia objetual del patrimonio con la incorporación de los relatos que facilitan la captación del sentido, del contexto y del significado de esos bienes. Lo que acerca a la sociedad al aprecio por estos bienes es compartir su significado.

  • Respecto al tercer punto, los poderes públicos deben incorporar a sus labores tradicionales la dinamización, la interpretación, la entrega efectiva a la sociedad del significado de cada uno de los bienes, o de su interrelación en sistemas significantes.

En definitiva, lo que realmente crea patrimonio, es decir, aprecio por el valor de algo que nos pertenece y que debemos transmitir a las siguientes generaciones, es la comprensión de su significado. Las acciones que generan patrimonio están más próximas a la interpretación que a la reconstrucción. Y, además, son mucho más baratas. Lo realmente paradójico es que la única manera de que los decisores asignen recursos a un mantenimiento decoroso de los elementos materiales del patrimonio es que haya una presión social suficiente, y esta sólo se producirá si hay una complicidad con el significado de esos elementos materiales.



El patrimonio industrial y minero

Por acercarnos al tema que me preocupa hoy, hay que anotar la relativamente reciente aparición de conceptos como el de patrimonio industrial, en el que cabe incluir también el patrimonio minero (en 1987 participé en Granada en la creación de una Asociación para la promoción de la Arqueología Industrial, impulsada por el que fuera profesor de Historia en mi instituto, Miguel Ángel Rubio Gandía).

Lo novedoso de esta incorporación es la reivindicación de los espacios, instrumentos y jerga del trabajo industrial como elementos significativos para formar parte del legado patrimonial. Esto supone, en la práctica, un socialización y democratización del concepto de patrimonio. Hasta ese momento, los bienes del patrimonio cultural eran siempre producto de la acción de las clases o instituciones dominantes: eran las manifestaciones, la forma de expresión de los poderosos. Ahora se incorporan también los espacios del trabajo, tanto industrial como agrario o rural.

Dentro de este “patrimonio industrial”, tiene también su espacio el minero. Los escenarios de la minería son impactantes. Suponen grandes alteraciones del medio, y, con frecuencia, dan cuenta de la evolución tecnológica de una sociedad, especialmente en la metalurgia.


Los espacios mineros abandonados, ocasionalmente acompañados de fundaciones urbanas específicas, tienen una gran capacidad evocadora y conmovedora. Son terreno abonado para intervenciones de clarificación del significado. Pero no siempre están en los mejores lugares para su disfrute. Por otra parte, suelen ser lugares peligrosos, en los que la adecuación para la visita o el disfrute resulta muy costosa. Y, no nos engañemos, somos un país pobre, no tanto por nuestras variables económicas, sino, sobre todo, por la falta de comprensión y apoyo a las políticas de desarrollo basadas en la identidad y en la recuperación patrimonial.


La paradoja de Rodalquilar

El deterioro de la planta Denver supone un serio problema de seguridad para los numerosos, y, a menudo, intrépidos visitantes de esta instalación metalúrgica, que creen estar contemplando “la mina”. Este problema trae a colación la cuestión de la responsabilidad, y ésta, a su vez, nos remite al tema de la titularidad.

La mayor parte de la planta Denver es privada, dato poco conocido y que suele producir sorpresa. La única parte de la planta de titularidad pública es la casa PAF, actual “Casa de los Volcanes”. Toda la parte al aire libre (báscula y tolva de recepción, zona de molienda y cribas, tolva de finos, zona de molinos de bolas, balsas espesadoras, línea de cianuración y balsas del lavado contracorriente) está incluida en la finca del Cortijo del Fraile.


En esa misma finca se ubican también las plantas María Josefa y Abellán, de los años 20 del XX, y la de St. Joe Transaction, de finales de los 80 del XX. Cuatro de las cinco plantas metalúrgicas de la historia minera de Rodalquilar se sitúan dentro de la finca propiedad del grupo Kernel, radicado en Murcia, una de cuyas empresas, Agrícola La Misión, se encarga de la explotación agrícola de su parte sedimentaria.

Tan solo la planta Dorr está dentro de la finca pública. Si observamos la acción pública sobre la planta Dorr (conversión de la casa PAF en Sala de Exposiciones, conversión del patio de balsas en Anfiteatro, abandono del resto, absoluta ausencia de referencias a la importancia histórica de la planta Dorr, la más longeva de Rodalquilar y clave en el momento fundacional del pueblo), puede comprenderse el escepticismo que acompaña a mi mirada sobre el patrimonio minero de Rodalquilar.


A cualquiera que habite en Rodalquilar y tenga una mirada documentada sobre estos asuntos, se le cae uno de los mitos más extendidos entre la ciudadanía preocupada por estos temas: que es necesaria la titularidad pública para garantizar la integridad del patrimonio.

En Rodalquilar, puede verse palpablemente que la titularidad pública no solo no garantiza el mantenimiento del patrimonio, sino que puede convertirse eventualmente en un riesgo añadido. Basta observar el estado de ruina en que se encuentran las Casas Nuevas (el más frecuentemente denominado Poblado Minero). Más que al paso del tiempo, su deterioro puede achacarse a la acción de una administración pública que actúa como propietaria, y que procede a la demolición de algunas viviendas para expulsar a los “ocupas”.


Así que creo que no deberíamos establecer una correlación entre titularidad pública y tutela efectiva de los bienes a su cargo.

Pero persiste el problema de la responsabilidad, que sí recae sobre el titular de los bienes. Si ocurriera algún accidente trágico en la planta Denver (cosa tan poco deseable como crecientemente probable), asistiríamos, sin duda, al tradicional espectáculo de ponerse de perfil para esquivar la responsabilidad. La Junta de Andalucía abandonaría su proverbial letargo y se apresuraría a proclamar la condición privada de esas instalaciones metalúrgicas. La propiedad, por otra parte, argumentaría su nulo interés por esa parte de la finca, y recordaría los numerosos intentos que han acometido para transferir la titularidad a la Administración Andaluza (previo pago de un precio en cuya valoración incluyen el propio valor cultural, como si el aprecio social por un bien aumentara su valor de mercado, o como si fuera el titular del bien el que ha generado ese valor cultural).


“Cultura” de gestión y nuevos imaginarios

Desde hace un tiempo sospecho que hay una incomodidad latente por parte de la Administración Ambiental (la Consejería correspondiente de la Junta de Andalucía) en lo que se refiere a la incorporación del hecho minero al conjunto de elementos valiosos -y, en consecuencia, patrimonializables- del Parque Natural. Esta incomodidad estaría compuesta por una mezcla de desconocimiento, incomprensión y una cierta repugnancia: la “violencia” minero-industrial encaja mal con el mito del Parque Natural como trasunto del paraíso terrenal. Y es ahí donde se sitúa el núcleo conflictivo de la gestión ambiental de este espacio: el Parque se gestiona según la visión experta de los técnicos de lo que debería ser, por ser Parque Natural, y no en función de lo que es: un territorio cuyas singularidades, entre las que se encuentran las huellas mineras, motivaron su declaración.

En Rodalquilar se ha invertido una gran cantidad de dinero en urbanización de la finca pública y en recuperación de edificios y espacios para distintas finalidades (la Oficina del Parque, los Talleres, el Centro de Recursos Telemáticos, el Punto de Información, el Vivero, el Jardín Botánico con el centro de interpretación el Albardinal, la Sala de Exposiciones, el Anfiteatro, la Casa de los Volcanes, el área de acampada, el Aula de Naturaleza El Bujo, dos viviendas en Villa Cepillo y el complejo Agrosilvopastoril). Acerca de tan elevada inversión pueden hacerse las siguientes reflexiones:

  • Gran parte de estas instalaciones permanecen cerradas (Vivero, Area de Acampada, Centro de Recursos Telemáticos,  Aula de Naturaleza); o no han llegado a abrirse (complejo Agrosilvopastoril).

  • Puede deducirse que estas intervenciones públicas no obedecían a ninguna estrategia de gestión. La disponibilidad de los espacios y edificios originales, consecuencia de la titularidad pública de la finca, parece haber pesado más a la hora de asignar las inversiones que una idea de rentabilidad social. La apertura de las instalaciones o su mantenimiento se vuelven problemáticos, lo que evidencia que la eventual disponibilidad de recursos para los proyectos de reutilización no ha ido acompañada de una agenda de gestión.

  • Es patente y abrumador el desprecio a la naturaleza minero-industrial de la finca pública de Rodalquilar. En ningún lugar de los espacios rehabilitados queda el mínimo rastro de los usos originales de los espacios y edificaciones, con la única excepción de la entrada al Jardín Botánico (el antiguo cuartel de la Guardia Civil), donde una pequeña placa en el zaguán de entrada recuerda su sentido histórico.

Esta labor pública, que parece más orientada a sepultar la memoria minera que a interpretarla adecuadamente, encuentra complicidad en una parte de los nuevos pobladores de estos parajes, para los que la presencia de las huellas mineras es incomprensible en un Parque Natural.

Podría deducirse que la visión de estos colectivos coincide con la del deber ser de los gestores ambientales, con la ligera variante de que lo que les causa desasosiego es que este lugar tenga historia, antes de que su mirada sobre el paraíso lo "fundara". La alianza (inconsciente y no deliberada) entre gestores visionarios y artistas vanidosos está constituyendo un bloque que propone, en último término, una enajenación discursiva del ser de este territorio.


La “Casa de los Volcanes”. El Geoparque

Para ir centrándonos en el asunto de la planta Denver, conviene detenerse en la intervención sobre la casa PAF, demolida y reedificada con el mismo perímetro y aspecto exterior para albergar la conocida como “Casa de los Volcanes”, un centro de interpretación geoturístico dedicado a los valores geológicos. Hay que dejar claro que la casa PAF forma parte de la planta Denver. De hecho, es su “sancta sanctorum”, el lugar en el que todo el proceso extractivo y la primera fase del proceso metalúrgico (el triturado, espesado, cianurado y lavado de las rocas) cobran sentido, puesto que aquí es donde finalmente se separa el oro del resto de los componentes con los que convive en la naturaleza. Este es el lugar de la “alquimia”, la fase final y más brillante del complejo proceso minero-metalúrgico.


En un principio, el planteamiento de la intervención era el de un museo geominero. Ese planteamiento inicial derivó pronto hacia el que finalmente se plasmó en la antigua casa PAF. La Casa de los Volcanes es un meritorio y apreciado espacio interpretativo, sobre el que, no obstante, cabe hacer algunas consideraciones críticas desde el punto de vista museográfico y museológico.

  • La propia naturaleza del inmueble debería contribuir a la finalidad comunicativa del centro de interpretación. En cambio, nada en el centro recuerda o evoca las importantísimas funciones metalúrgicas del edificio original. En la línea de lo comentado para el resto de los equipamientos, pero aquí con una renuncia incomprensible.

  • La intervención viene a subrayar una descontextualización de la casa PAF respecto al resto de la planta, con la que mantiene una inevitable vecindad, pero desprovista de cualquier vínculo semántico. Parece darle la espalda, como si la actual situación catastral predominara sobre su sentido e identidad histórica y funcional.

  • El "discurso" del centro se organiza en cuatro temas, que parecen obedecer a un criterio de escala. En la recepción se informa sobre la red mundial y europea de Geoparques. En el segundo ámbito, se hace un repaso a formaciones geológicas significativas de Andalucía. En el tercero, se produce un acercamiento al vulcanismo desde el contexto de la geología provincial. En el cuarto, aparece el tema minero, relacionado con Rodalquilar y el resto de las explotaciones históricas en Cabo de Gata. La sala aparece presidida por una espectacular maqueta de la Planta Denver, perfectamente documentada y realizada. Un auténtico alarde “belenístico” que, sin embargo y paradójicamente, viene a consagrar la desconexión entre la casa PAF y el resto de la planta: la maqueta está orientada en sentido inverso a la posición natural; carece de una indicación clara de dónde se encuentra el visitante dentro de la maqueta; como la maqueta es muda, la explicación de sus funciones se hace en un display, sobre una foto de la maqueta. Se consagra así una triple virtualidad que contrasta con el autismo del centro en su relación con la realidad de las ruinas de la parte atmosférica de la planta Denver.

La Casa de los Volcanes es la sede oficial del Geoparque Cabo de Gata-Níjar, desde su declaración en 2006. Coincidiendo con la revalidación de esa declaración en 2017, sobre la puerta de entrada de la Casa de los Volcanes se ha instalado un rótulo que lo califica como centro Geominero, lo que evoca, al menos nominalmente, los propósitos iniciales de este equipamiento.

Esta consideración como Geoparque supone un hito que debería haber producido un cierto ajuste en la orientación estratégica de la gestión del Parque Natural. Lamentablemente, no ha sido así. Es más que evidente el protagonismo del componente geológico en este espacio en concreto. Su dinámica volcánica y sedimentaria contiene información variada y de calidad sobre la historia geológica de este rincón del Mediterráneo. Su presencia cromática, escultórica, paisajística en definitiva, es contundente.

Tan contundente como la de los restos de actividad minera, cuyas tareas de investigación  han contribuido decisivamente al conocimiento de su geología. Mi experiencia en comunicación de los significados del paisaje y en museografía me hace ver que la mejor manera de explicar las condiciones físico-ambientales de un territorio es interpretando la acción humana que interfiere en esas condiciones naturales. Un buen relato nos permite, además,  acercarnos a las múltiples circunstancias históricas, tecnológicas y geopolíticas que acompañan esta aventura minera.

Desgraciadamente, los importantes avances en el conocimiento y la divulgación de los distintos periodos de la historia minera de Rodalquilar, fruto del trabajo de destacados investigadores, no tienen ningún reflejo en la interpretación “pública” de los distintos elementos del patrimonio minero de este distrito aurífero. Basta con leer la rotulación y señalización oficiales para advertir numerosas imprecisiones y una baja calidad del relato que se comparte con los usuarios.




Las ruínas de la “Denver”

El deterioro de la parte “privada” de la planta Denver es acelerado. En los últimos años, las escaleras de la Casa de Cribas han desaparecido prácticamente. Los forjados de hormigón realizados por Agromán en 1955-56 se están desmoronando, apareciendo la trama metálica de su interior, de una manera sumamente peligrosa.


La coincidencia de este deterioro, que aumenta los riesgos de la visita, con la creciente curiosidad de los visitantes por estos restos mineros, está configurando un escenario de gran peligro.

No deberíamos esperar a que ocurra algún desgraciado accidente. Un análisis de riesgos, el establecimiento de circuitos seguros de visita y una adecuada comunicación del funcionamiento y significado de la planta Denver deben ir de la mano, y deben servir de base para un acuerdo entre los propietarios de esta parte de la planta y la Administración Ambiental. Es tiempo de pasar de la virtualidad y de la ensoñación del “deber ser” al reconocimiento de la realidad y a elaborar una estrategia de gestión de esa realidad, con toda su complejidad.

Dificilmente se revalidará la consideración de Geoparque si el principal exponente del patrimonio minero del Parque Natural se convierte en un escenario inseguro, peligroso, y, eventualmente, trágico.


O quizás se trata solo de una hipersensibilidad mía, de un intento desesperado de frenar mi propia decadencia.




martes, 14 de mayo de 2019

La planta Dorr y Rodalquilar. 22 abril 1932


El oro de Rodalquilar se conoce al menos desde el verano del año 1883, pero sus particularidades mineralógicas dificultaron su explotación con éxito hasta el año 1931, cuando una instalación metalúrgica aurífera que utilizaba el método de cianuración dinámica para obtener el oro, lo logró. Era la conocida en Rodalquilar como planta Dorr, ya que su maquinaria metalúrgica fue fabricada por la empresa estadounidense Dorr Company. La citada empresa era una empresa tecnológica líder mundial en la fabricación de maquinaria metalúrgica para la obtención de oro y lo demostró en el caso del oro de Rodalquilar, cuyo beneficio se resistía a los mineros locales desde tiempos bastante lejanos.

El método de cianuración supuso un gran avance en la metalurgia mundial del oro, ya que, hasta ese momento, no se podían alcanzar importantes porcentajes de recuperación de oro, aun cuando no estuviera en menas complejas. La aparición de esta nueva tecnología, hizo rentables los yacimientos de oro que antes no lo eran por el método de amalgamación, y respondía a la necesidad de un método capaz de disolver el oro cuando se presentaba combinado con otros metales. Se fundamenta en la solubilidad del oro en presencia de los cianuros alcalinos, cuando hay presencia de oxígeno u otro oxidante según la ecuación de Elsner.

La investigación que dio origen a este método de tratamiento se realizó en un laboratorio de Glasgow (Escocia), y sus responsables fueron el químico J. S. McArthur y los hermanos R.W. Forrest y W. Forrest. La patente del invento se realizó el día 19 de octubre de 1887, y las primeras patentes norteamericanas se lograron en mayo de 1889. La primera instalación industrial para extraer oro mediante este procedimiento se construyó en 1889 en la mina Crown de Nueva Zelanda, en 1890 se construyó otra en África del Sur, y en 1891, la tercera en Estados Unidos. Es decir, cuando el método de cianuración llegó a Rodalquilar, se trataba de una reciente innovación tecnológica de primer orden mundial, ya que desplazaba al método de amalgamación en el proceso de obtención de los metales preciosos (oro y plata) utilizado durante siglos y siglos, desde tiempos remotos.

Esta preciosa imagen, tomada por el geólogo suizo Arnold Heim (1882-1965) el 22 de abril de 1932, nos proporciona también una información gráfica sobre la situación urbanística de Rodalquilar en la época. Como hemos propuesto en las ponencias del “50 aniversario del cierre minero de Rodalquilar”, podemos considerar que el pueblo de Rodalquilar es fundado por la compañía Minas de Rodalquilar (la propietaria original de la planta Dorr) a principio de los años ’30. En la fecha de la foto, todavía no podemos dar por consolidado el pueblo, pero empiezan a aparecer elementos conformadores.

Si “leemos” la fotografía de derecha a izquierda, tenemos en primer lugar las construcciones de Juan López Soler frente al Estanquillo (al otro lado de la rambla), que probablemente daten de 1925, fecha en que intentaba poner en funcionamiento la instalación de amalgamación de la mina María Josefa. Frente a ellas, el Estanquillo, cortijada que formaba parte del conjunto de hábitat rurales del valle de Rodalquilar. Tras una discontinuidad, entre el camino y la rambla, se extiende un pequeño caserío donde se sitúan ahora las casas de los Robles. No vuelve a aparecer edificación agrupada hasta que llegamos a las cuadras donde se recogían las bestias de los arrieros. Junto a ellas, la casa donde se sitúa el Barecillo. El Tenis era ya un campo de tenis, donde los técnicos británicos de la Dorr combatían el aburrimiento de estas soledades. Hay que observar que no existía la parte baja de la calle santa Bárbara. La curva que se observa en el trazado es la actual calle de los Gorriones, camino de los Gorriones en su época, porque se dirigía al cortijo del mismo nombre. Fuera del pueblo, pero cerca de él, los cortijos de Sánchez, de la tía Soledad, el ya citado de los Gorriones y, en el extremo izquierdo de la exposición, la caseta de Carabineros, sobre su peña

En otra ocasión nos detendremos en la figura de Arnold Heim, el autor de la fotografía, un personaje realmente novelesco.

Francisco Hernández Ortiz
Rodolfo Caparrós Lorenzo

lunes, 20 de noviembre de 2017

Los cabezos del Cabo. Significados del nombre "Cabo de Gata"


Muchas son las cosas fascinantes de Cabo de Gata. Un espacio geográfico rico en información, singularidades que son objeto de conocimiento de disciplinas diferentes… Pero todas esas cosas comparecen como paisaje. Las vistas, las escenas, componente formal de ese paisaje, son sorprendentes, contrastadas y muy, muy evocadoras. Con mucha frecuencia, esta evocación es vivida como una invitación a la fabulación, y, en todo caso, como un escenario potente para que brille nuestro personaje. Encomiable y muy respetable actitud, que, sin embargo, se me antoja epidérmica y quizá demasiado previsible en los tiempos que corren.

El “éxito” de Cabo de Gata ha producido una enorme y discontinua afluencia de gente a la búsqueda de algo (las playas, la vibración telúrica, la atmósfera alternativa…) Pero, vengan a lo que vengan, y a pesar de las grandes incomodidades que el desbordamiento vacacional produce, quieran o no, quedan atrapados por un paisaje apabullante.

Los que hemos contraído un compromiso con el paisaje como un camino hacia el significado, nos dedicamos a proporcionar pistas que permitan a otros transitar ese camino. En una invitación a habitar poéticamente, indagamos acerca de cuáles son esas pistas, las claves que nos pueden llevar al camino del conocimiento,  que se convierte en goce al traspasar los velos del parecer para irrumpir en el íntimo arcano del significado.

Las diferentes ciencias hacen sus aportaciones, lo que nos permite descifrar el origen, la evolución, y algunas conexiones entre las cosas. Todos esos datos contribuyen a perfilar nuestra mirada, y facilitan una mayor riqueza de la vivencia del paisaje.

Pero son las claves poéticas las que contienen mayor capacidad de consagrar el vínculo con el sitio a través del significado. Ecos de las palabras de Carmen de Burgos, de Goytisolo (Juan), de Valente, de Egea…; la palabra como vehículo de complicidad. La palabra compartida, necesaria para la iniciación en el sentido.

Las palabras. El nombre. En el principio fue el verbo. El verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros (Juan 1:14). Comprendemos el verbo porque fue traído hacia nosotros en nuestra forma, lo que nos permitió compartir el significado.

El nombre de los sitios. El verbo. Pero ¿cómo se hace carne el verbo de un sitio? 

¿Cuál es el significado del término geográfico “Cabo de Gata”?

Esta pregunta seminal puede ser contestada desde dos ámbitos, que conviene desplegar. Por una parte, nos plantearemos qué decimos cuando decimos “Cabo de Gata”, a qué nos referimos. Por otra parte, interrogaremos al propio nombre acerca de su capacidad significante. Este es el cometido de la toponimia, una parte de la onomástica: la clarificación del origen de los nombres, sus claves filológicas, etimológicas, que nos explican su sentido original.










¿Qué decimos cuando decimos "Cabo de Gata?

Hemos de empezar constatando una condición problemática del término, por su falta de precisión. Esta falta de precisión es consecuencia de que este nombre geográfico alude simultáneamente a las siguientes cosas:

-          El accidente geográfico del cabo, simbolizado por el icono del arrecife de las Sirenas, y enfatizado por el faro. Se sitúa en el extremo suroriental de la península, en el municipio de Níjar.
-          Una sierra, que contiene una alineación principal entre el cabo y Mesa Roldán y unos apéndices costeros que se separan de ella (cerros de los Frailes y Los Lobos). Su práctica totalidad se extiende en el municipio de Níjar. Su extremo nororiental (Mesa Roldán), en el de Carboneras.
-          Un pueblo, San Miguel de Cabo de Gata, que, con el paso del tiempo, ha perdido el santo y es conocido por sus habitantes y usuarios como “Cabo de Gata”. Se sitúa en el municipio de Almería.
-          Unas salinas, que ocupan el frente litoral del glacis occidental de la sierra de Cabo de Gata, y que adoptan su nombre. Junto a las salinas, un poblado de las empresas que la han explotado, y que ya prácticamente se confunde con el asentamiento histórico de la Almadraba de Monteleva. Todo ello en el término de Almería.
-          Un Parque Natural, cuya denominación oficial es la de “Cabo de Gata-Níjar”, que en sus límites administrativos incluye un amplio sector litoral del espacio sedimentario de la Bahía de Almería, en el municipio de la capital, y otro sector septentrional en el municipio de Carboneras, incluyendo una parte de Sierra Cabrera, a cuyo pie se encuentra el famoso hotel del “Algarrobico”, que en sentido geográfico estricto, no se encuentra en Cabo de Gata. La falta de correspondencia entre los límites de ese espacio administrativo y su denominación oficial se vuelve problemática. Así se explica que el consistorio carbonero reclame la inclusión de su denominación en el nombre del Parque, o que en el material promocional del municipio de Almería se incluya la expresión “Almería, capital del Parque Natural de Cabo de Gata”.
-          Una zona o región, destino turístico del enorme y discontinuo flujo de visitantes al que nos referíamos al principio, que es protagonista y víctima de esta confusión terminológica. Es una zona que también acoge a nuevos pobladores estables: en una gran parte artistas, profesionales, que mantienen vínculos más o menos intensos con sus ciudades de origen. También emprendedores y trabajadores de un incipiente negocio turístico, tan singular como el lugar que le sirve de base.
Estos nuevos habitantes de la zona suelen referirse al sitio donde se asientan como “El Cabo”.  Algunos prefieren llamarla “el Parque”, aunque esta impostura consistente en llamar a un sitio por un nombre administrativo, es más frecuente entre los usuarios de la ciudad de Almería. Pero conviene dejar la historia de esta impostura para otra próxima entrada, ya que se enmarca en los múltiples y complejos procesos de desbordamiento y enajenación que caracterizan las últimas décadas de la historia territorial de Níjar.

Y es el momento de entrar en el segundo ámbito. 
El origen etimológico del término “Cabo de Gata”. Disección toponímica.
Voy a partir aquí de la hipótesis toponímica que me parece más creíble. La que alude a una construcción pleonástica del topónimo Cabo de Gata (caput capita), con dos étimos procedentes de la misma raíz latina “caput”, cuyo nominativo plural sería “capita”. Nos encontraríamos, entonces, ante un caso parecido al ejemplo famoso del “Puente de Alcántara” (puente del puente). La principal diferencia entre nuestro caso y este ejemplo radica en que en el caso fronterizo del Tajo se trata de dos étimos de procedencia diferente: puente del latín pontis y alcántara del árabe الكانتارا al-qantarah, pero del mismo significado “puente”.
El primer étimo no ofrece dificultad alguna. La evolución Caput/capu/capo/cabo es conocida y está bien descrita. 
Es en el segundo étimo donde encontramos los principales retos de interpretación. Siguiendo la hipótesis adoptada, si procede del nominativo plural de caput (capita), su evolución se explica por su paso por el árabe qabta. Torres Balbás, en un artículo de 1957, recoge una noticia de Ibn Idari, acerca de una visita de Al-Hakam II al ribât qabta (353/964). La posterior evolución al castellano daría la voz “gata”. Si creemos esta hipótesis, debemos concluir que el contenido semántico de su nombre está en el latin “capita”.

Hemos de plantearnos, entonces, cuál es el significado del cabo “capita”, y qué hechos físicos explicarían el nombre.
Caput significa cabeza, y de ahí derivan todos sus significados, todos sus campos semánticos. Capita incorpora el matiz del plural. En consecuencia, deberíamos plantearnos la hipótesis semántica de Cabo de Gata como "Cabo de las Cabezas".
Para “afinar” esta hipótesis, podemos incorporar dos elementos nuevos. Los rituales de la Virgen de la Cabeza, y la voz “cabezo”, de origen aragonés, pero ampliamente utilizada en todo el mundo castellanohablante.
Aunque el significado de la “Cabeza” a la que se refiere la Virgen queda velado por el concreto ritual de sus romerías y peregrinaciones, hemos de llamar la atención acerca de que todos estos rituales se centran en la ascensión a un cerro o elevación montañosa. Así es en Andújar, en Zújar, en Monteagud. La “cabeza” de esta Virgen es una montaña.
“Cabezo” es un término geográfico que se refiere, igualmente, a una elevación del terreno. Está muy implantado en todo el levante peninsular, y en gran parte de la provincia de Almería. El Cabezo de María, en el término de Antas, es un cerro de origen volcánico que se eleva en uno de los bordes de la Depresión de Vera. También es objeto de peregrinación ritual en una romería.
Si nos vamos al Diccionario de la lengua española, de la RAE, nos encontramos con los siguientes significados del término “cabezo”:
11.       m. Cerro alto.
22.       m. Cumbre de una montaña
33.       m. Monte pequeño y aislado
44.       m. Mar. Roca de cima redonda que sobresale del agua o dista poco de la superficie de esta.
Es inevitable, en el caso de Cabo de Gata, detenerse en la cuarta acepción. Es una acepción de origen náutico. Se refiere a la percepción del paisaje desde el mar. Cualquiera que haya navegado cerca de la costa de la Sierra de Cabo de Gata (la costa de Níjar) apreciará que para situarse hay que interpretar la diferente cualidad de cada una de sus puntas o cabezos (entrantes montañosos en el mar). 
Todos estos cerros tienen una morfología similar, fruto de la erosión marina, que ha ido tallando una plataforma de abrasión en la zona del rompiente del oleaje, y produciendo los desplomes correspondientes, de forma que su perfil asimétrico es muy característico. Formaría una de las “caligrafías” más singulares de la parte marítima de la sierra de Cabo de Gata.



Esta forma característica es identificable tanto en grandes elementos del relieve (Cerro Negro, Cerro del Romero, Cerro del Bergantín, Cerro de los Lobos, Cerro En medio, Cerro del Castillo, Cerro de Vela Blanca), como en pequeños pero muy icónicos elementos (Morrón del Genovés, La Isleta, roca de Mónsul).
Aunque el perfil de erosión litoral con desplome es común a todos los materiales que resultan erosionados, la geoforma más característica de Cabo de Gata es la que proviene de la erosión de domos andesíticos, roca volcánica de gran dureza, que forma todos los elementos del relieve citados arriba.
Encontramos en la configuración física de estos elementos de la Costa de Níjar la razón semántica que reforzaría la hipótesis toponímica según la cual Cabo de Gata es el Cabo de los Cabezos.


Para una próxima entrada, un análisis de los procesos de desbordamiento y enajenación en el territorio de Níjar.

martes, 29 de mayo de 2012

Liesegang

Estos anillos de Liesegang son una forma gráfica muy característica de la caldera de Rodalquilar. Su orígen explica gran parte de las singularidades de la dinámica física de esta caldera: vulcanismo explosivo e hidrotermalismo se alían para producir estos dibujos. El vulcanismo de Cabo de Gata es de magma muy viscoso, lo que produce domos volcánicos que pueden llegar a explotar por la presión de gases confinados. El resultado de esa explosión es la caldera. Los materiales violentamente expulsados por la explosión forman nubes piroclásticas. Parte de los componentes de esta nube se enfrían y se precipitan hacia el suelo, formando depósitos que se solidifican constituyendo ignimbritas. Las ignimbritas son el lienzo sobre el que se van a dibujar los anillos. El pincel es el agua subterránea que, calentada por la cercanía del magma, asciende a la superficie, a través de grietas y materiales porosos. Las coloraciones de los anillos las aportan los distintos minerales metálicos con los que entra en contacto el agua ascendente. Las ignimbritas en subfusión actúan como un gel donde quedan registrados en forma de anillo los sucesivos impulsos hidrotermales. Su nombre se debe a Raphael Liesegang, químico alemán, que produjo estas formas en laboratorio, mientras investigaba sobre el comportamiento de distintos geles para procesos fotográficos.

viernes, 18 de febrero de 2011

Almería y el paisaje

Almería es un territorio singular, resultado de un marco físico contrastado (un sotavento mediterráneo árido y montañoso) y de una correlativa experiencia cultural que se expresa en el poblamiento y en las estrategias productivas. Nuestra singularidad se manifiesta en el paisaje. Pero la noción de “paisaje” ha evolucionado notablemente desde su instauración en la Europa del s. XIV, cuando Petrarca narra su iniciática ascensión al Mont Ventoux . El paisaje actual tiene un fuerte componente emotivo, emocional, en el que se reside su potencial para conciliar sensibilidades y voluntades, y para contribuir a la articulación y cohesión social. La lectura del paisaje contiene una cualidad narrativa que la emparenta con los mitos fundacionales de las sociedades primitivas.

La representación cultural del sitio que habitamos (sensu stricto, el paisaje) es el resultado de poner en relación los datos que nuestro aparato sensitivo capta del exterior con una memoria gráfica que hemos ido acumulando a lo largo de nuestro proceso de desarrollo intelectual. Esta es la conexión del paisaje con la memoria personal, mecanismo por el que nuestra afectividad respecto a los sitios tiene que ver con nuestra experiencia. El paisaje y la memoria.

Almería es un territorio de laderas, un espacio con gran potencial de intervisibilidad y panorámicas. Estas grandes escenas se forman a partir de esa cualidad atmosférica. También tiene que ver con el aire la contemplación del cielo, tanto de día como de noche. Esta experiencia de gran cualidad panorámica desde las altas cumbres se corresponde con los aromas de monte, sutiles y tamizados. Como sotavento, Almería es un lugar donde el viento tiene un gran protagonismo, que se manifiesta en la historia desde los molinos de viento a los aerogeneradores. El paisaje y los aromas.

La portentosa geología de Almería constituye el soporte físico, material, de la experiencia humana. Sierras y valles compartimentan el espacio; la diversidad de los complejos geológicos del sistema bético (maláguide, nevado-filábride, alpujárride, sedimentarios) propone una paleta cromática infinita. La litología condiciona el hábitat, la arquitectura tradicional y la estrategia humana. Los campos volcánicos, desde Alborán hasta Águilas rematan la singularidad de la gea. El desierto es uno de los iconos de la identidad de Almería, impulsado y promovido especialmente por la industria cinematográfica. La historia minera es el contrapunto humano a esa imponente presencia física. Almería es un territorio minero. El paisaje y las formas.

Las condiciones geológicas y climáticas (ambientales, en definitiva), tan singulares en Almería, producen un claro predominio de la roca. Territorio pedregoso, árido y de pronunciadas pendientes, invita a una solución global que se manifiesta en la proliferación de mampostería de piedra seca. En todo tipo de construcciones, y muy señaladamente en los muros de piedra, tenemos uno de los iconos de la identidad territorial. Los balates, pedrizas, ribazos, hornazos, como son conocidos en distintos lugares de Almería, contienen una información geológica, climática, sedimentaria, cultural y social que merece la pena desentrañar. Piedras.

Almería es un territorio árido. Precisamente por eso, la búsqueda del agua, su regulación, su control, son las claves de su historia territorial. El aprovechamiento del agua superficial y subterránea es la condición de supervivencia, y todas las decisiones humanas, culturales, guardan relación con este objetivo vital. Pueblos, vegas, cortijos: el agua fluye, fluye la vida. Los principales cambios territoriales de Almería se relacionan con el cambio de los modelos de gestión y explotación del agua. El paisaje y los cambios.

El control del fuego constituye la gran metáfora de la cultura, interpretando las fuerzas de la naturaleza y adaptándose a ellas para conseguir sus finalidades. La cultura territorial es el conjunto de expresiones humanas adaptativas. Comienza con el asentamiento, y se manifiesta en el ritual, en la fiesta, en la cocina, en las formas de expresión. Los aromas, los sabores de nuestra cocina marcan los límites de una región sentimental. El paisaje y los ritos.

En la lectura del paisaje, en su comprensión, hay una evidente finalidad hedonista. El paisaje se sitúa entre la hermenéutica y el erotismo. En el desvelarse del significado se encierran ocultos mecanismos de placer. El ritual de interpretación del paisaje, en tanto que forma colectiva de concertar significados del territorio, del espacio de vida, es una ocasión de gozo. Esa experiencia gozosa, cívica, es el motor de la identidad y de la cohesión social. El disfrute del territorio es un derecho ciudadano que debe ser facilitado y promovido. El paisaje y el gozo.

La identificación con el sitio, que constituye el vínculo territorial, tiene múltiples manifestaciones que van desde lo económico a lo afectivo. Es una de las expresiones de la naturaleza humana, y se da en todas las civilizaciones. En el mundo mediterráneo, precisamente por su espesor civilizatorio, este vínculo está sumamente arraigado, aunque no por ello libre de riesgo de debilitamiento. Las peculiares condiciones del inconcluso proyecto de modernización de la sociedad almeriense han producido un debilitamiento agudo de ese vínculo, lo que hace que nuestras bases de desarrollo social sean frágiles. La conciencia de pertenencia al sitio es una forma particular de sinoicismo, es la conciencia de “ser aquí”. El reforzamiento de esa experiencia tiene un componente sentimental, pero también, y en último caso, una finalidad estratégica: la definitiva y deseablemente armónica modernización de nuestra sociedad debe construirse sobre una vigorosa conciencia de pertenencia al territorio. El reforzamiento de esa conciencia tiene una magnífica oportunidad en la experiencia de lectura del paisaje. Disfrutemos, gocemos del paisaje, desentrañemos el significado de nuestro territorio. Nos encontraremos con nuestra memoria colectiva, con nuestra identidad.

sábado, 11 de septiembre de 2010

Paisaje vs. medio ambiente

El vínculo con el sitio constituye una de las pasiones básicas de la cultura, que se emparenta con la producción, con la que comparte genealogía desde la experiencia neolítica. Esa experiencia sedentaria implica la reiteración de la mirada sobre el espacio de vida, y la verificación de que ese espacio responde a la propia “habitación”. La asignación de valores –productivos, defensivos, rituales, lúdicos…- a cada paraje no es sino una proyección de las inquietudes humanas hacia el escenario donde esas inquietudes se desarrollan. El sitio no es solo la estantería donde vamos situando esos valores, sino que es también el almacén de la memoria. Una memoria externa y circundante con una conexión inalámbrica con la identidad, a la que conforma y constituye. Enseguida, la religión se interpone como una mediación discursiva entre los humanos y su vivencia del entorno. Naturaleza=Dios. Esta deificación de la experiencia del sitio se continúa, en formas diversas, en las diferentes civilizaciones y épocas, hasta que la modernidad propone la ruptura de las mediaciones y la exaltación del individuo, portador de valores personales y de la libertad para interactuar con el entorno sin intermediarios. Es el origen del paisaje, o, como dice Heidegger, la época de la imagen del mundo. Identidad y sitio=paisaje, que se puede ampliar indefinidamente, puesto que nuestra mirada lo altera y lo regenera. Es el paisaje de Friedrich, el del monje en la playa o el del elegante excursionista que contempla desde la cumbre el mar de nubes. El paisaje constituye la secularización de la naturaleza y un espacio de libertad, exaltado por el romanticismo, que plantea abiertamente los peligros del ejercicio de esa libertad, ante las fuerzas desatadas de esa misma naturaleza. El riesgo como secularización de la fortuna. La ciencia y la técnica contra el azar y el designio. De esa época somos hijos. Unos hijos que se debaten entre el gozo civil del territorio a través del paisaje y una nueva deificación de nuestra relación con el entorno, a través de la noción del medio ambiente, estimulada por nuestros excesos y definitivamente institucionalizada en forma de re-ligación (religión) por el temor a la autodestrucción.

Del prólogo a "Los alumbres de Rodalquilar. Las otras minas". Epígrafe 2